2.1 Cancelación y transmisión

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Toda sociedad tiende a conservar el propio patrimonio cultural y a transmitirlo, de generación en generación, a los nuevos miembros o, al menos, a los que pertenecen a determinadas clases sociales. Una conservación y transmisión que afecta particularmente al conjunto de conocimientos en los que se atribuye la condición de saberes. La función de la conservación ocupa una posición intermedia respecto de otras dos igualmente fundamentales: la producción del saber, de un lado, y su difusión y circulación, del otro. Entre estas tres funciones existen estrechas relaciones de continuidad e, incluso, de condicionamiento recíproco: los lugares de la conservación del saber coinciden con los de la producción, pero la conservación se realiza sólo si el saber adquiere circulación. Sin embargo, no todo el patrimonio de conocimientos es objeto de transmisión: el de determinados grupos sociales no se transmite de generación en generación, al no estar integrado en el saber culturalmente hegemónico. Y es aquí donde hay que situar el problema que representa la transmisión de la memoria y de los saberes de las mujeres.

Las mujeres han producido saberes, y los conocimientos creados por ellas se han conservado. No se ha producido, sin embargo, transmisión. Está aquí donde se ha roto el círculo que va de la producción a la circulación. La falta de transmisión implica, así, la pérdida de la memoria. Una pérdida de la que se deriva como consecuencia la cancelación de sus vidas y de su cultura.

En el proceso de recuperación de la memoria y la experiencia femenina la principal dificultad reside en que nos encontramos ante una cancelación y no de un olvido. Y emerger de un pasado que ha sido cancelado es mucho más difícil que recordar cosas olvidadas. Sin embargo, la reconstrucción y la transmisión de la historia de las mujeres, de la memoria que las mujeres han dejado del mundo, es fundamental, porque tiene que ver con la posibilidad de decir y ordenar la experiencia presente de las mujeres.

Las investigaciones y los estudios feministas han modificado las condiciones y el sentido de la transmisión y, más particularmente, de la transmisión entre mujeres. En la medida en que la memoria histórica femenina va tomando forma, en la que los saberes y las experiencias femeninas se articulan de forma significada, las mujeres recuperan la posibilidad de llamarse en el suyo presente. Ahora bien, a fin de que este saber se pueda convertir realmente en tradición es imprescindible que tenga presencia en los lugares donde se produce la transmisión formal, es decir, a los centros de enseñanza de todos los niveles educativos.

En la transmisión didáctica se produce una relación entre generaciones diversas que permiten la memoria. No es sólo una necesidad, requiere también un acto de voluntad, porque querer transmitir es sinónimo de querer dejar memoria de aquello que se pone en circulación.

En este sentido es imprescindible que los saberes de las mujeres -tanto lo que crearon dentro de las diferentes disciplinas académicas como lo que desarrollaron en el ámbito de la vida cotidiana y que, a pesar de ser fundamentales para el desarrollo de la humanidad, no han tenido presencia en lo que se considera cultura formal- entren a formar parte del currículum.

Incorporar a la enseñanza las aportaciones culturales y científicas de las mujeres que, hasta ahora, habían sido ignoradas, así como considerar académico lo que había sido calificado como técnico, y hacerlo, además, como válido para todo el mundo, y no exclusivamente para las mujeres, es un hecho de gran relevancia. Un hecho que nos obliga en deconstruir la orientación androcéntrica de las disciplinas y a ordenar de nuevo, y de otra manera, los contenidos curriculares.

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